sábado, 26 de noviembre de 2011

EL CAMINANTE

Invadido por el verde infinito de los montes, el rojo del barro que se quiebra, se deshace y hunde a las demagogias del progreso; trazando el sinuoso camino de tres horas en una humilde camioneta, la sierra a los pies de nuestros sueños, nuestros sueños a los pies de la sierra.
El agua se mezcla con la tierra, produciendo el lodo, génesis de la vida y apocalipsis intermitente de los pueblos. Tres horas que se estiran, que comprueban la relatividad del tiempo y que convierten en simplicidad monótona a la belleza.
Termina el recorrido sobre cuatro llantas, viejas, rotas y enlodadas; y comienza por fin la travesía, indicaciones vagas y un solo camino que concluye en mil veredas. Árboles y cafetales, tierra que cruje a lo pies del aventurero, tratando de memorizar sus pisadas, de identificarlas y reconocerlas, volver al extranjero parte de ella.
Después de dominar aquella loma que parecía tan interminable como el cielo, al fin se asomaron seis humildes casas, retando la agresividad del paisaje. Preguntas y respuestas en dos idiomas, lenguas que se bifurcan, construyendo posibilidades infinitas de humanidad. La escuela en un barranco y el hospedaje improvisado en una loma cercana, tan solo a media hora a paso de oriundo y una para el caminante novato, aquel que siempre es foráneo.
Lunes, homenaje, diecisiete niños y niñas, seis grados, un grupo, dos jacalitos, medio pizarrón, pocos libros, grandes carencias, grandes sueños y un maestro.