miércoles, 5 de agosto de 2009

IDENTIDAD Y ESCUELA

Por Carlos Lòpez Hernàndez
La selva nuestro único
espejo nos devuelve
la serenidad de lo que somos
el nudo de los tres vientos.

Juan Buñuelos
[i]



¿Qué somos? Polvo, tiempo, maíz, materia. Somos lo que asumimos ser, nuestra concepción de hombre y mundo; somos mitos, rituales, religiones, filosofía o ciencia. En muy pocas ocasiones, pero llega a suceder, nos descubrimos y vemos en el espejo el rostro de los otros, que es el rostro nuestro, el de la humanidad, tan iguales, tan distintos.
No podemos definir o encasillar un tipo de ser universal, un modelo inequívoco de hombre y mujer, pero tampoco podemos eludir a la responsabilidad que representa la búsqueda de nuestro ser particular y colectivo dentro de la compleja telaraña social. Al descubrirnos, participamos en un proceso de construcción identitaria; este debe partir de la idea de que el ser humano se desarrolla en espacios geográficos y socioculturales diversos y por lo tanto poseemos concepciones de lo que vivimos, la realidad física y social, igual muy distintas. Los otros, “la(s) otra(s) cultura(s) pueden concebir la naturaleza humana de un modo muy distinto del nuestro, y lo que perciben como necesidades humanas básicas pueden diferir enormemente del punto de vista occidental”. [ii]
La aceptación de lo que es el otro, de sus diferencias, del respeto a su dignidad, es sin duda la actitud más ética y al mismo tiempo eficaz para comenzar a aceptar lo que somos.

En nuestro caso como mexicanos y como chiapanecos, en la búsqueda de nuestra identidad, debemos indagar responsablemente tanto en el pasado como en el presente, Bonfil Batalla hace alusión, en su libro México Profundo[iii], de la existencia de una continuidad milenaria en nuestra cultura que socialmente hemos querido borrar de nuestra memoria, principalmente por seguir las preinscripciones de los “ismos” en turno de origen europeo; pero que emerge a la minima provocación, y que cuyos representantes más puros son los indígenas contemporáneos, que en nuestro estado según datos del censo del INEGI del 2005, representan casi una cuarta parte de la población; los mismos indígenas que antes del Movimiento Zapatista de 1994 permanecían ahí, invisibles para el hombre moderno.
Conocer y asumir nuestra identidad en un marco de aceptación y respeto a las otras identidades, presupone un espacio de “Autonomía” tanto individual como colectiva. La idea de estado nacional proveniente de la Europa Ilustrada, rompe con los esquemas de pertenencia cultural a una determinada etnia o grupo social, en el cual los sujetos comparten el lenguaje, sistemas de producción, creencias, valores, etc. Todos, con su aceptación o no son incorporados durante el proceso histórico de nuestro país, a los proyectos nacionales que las clases dirigentes construyeron, en este sentido la nacionalidad se convierte en “proceso de aprendizaje social y formación de hábitos”[iv] más que una característica innata de los diferentes pueblos que conviven en el territorio nacional. Esto, sobre todo en los pueblos indígenas, se convirtió en un proceso de homogenización de lo mexicano, de lo mestizo y el cultiricidio de todo aquello que no se ajustara a los patrones de la construcción en abstracto de lo nacional y lo moderno. La imposición de valores culturales imaginarios, sin duda afecta a la aceptación de una identidad propia y resulta en una visión simplista y folclórica, resumida en unas cuantas imágenes que se han convertido en estereotipos (la bandera, mariachi, china poblana, tequila, etc.)

En este escenario la educación formal, la escuela, se ha convertido en un agente de imposición cultural que ha sacrificado la pluriculturalidad de los pueblos originarios en función de una fantasiosa modernidad que pregona la panacea de todos los males que aquejan a las sociedades, los profesores como seres que poseen la verdad absoluta, tienen la obligación de esparcirla y enseñar la luz a los incivilizados, para lograr que así salgan de su miseria y sean “alguien en la vida”. Esta concepción positivista de la educación conlleva a actitudes denotativas dentro de nuestra escuela “democrática” hacia aquello que no encaja en los parámetros de modernidad.
Es necesario, dentro de un ejercio democratico en favor del respeto a la diversidad cultural, replantear la escuela, y reconceptualizar mediante un debate en donde participen todos los pueblos de México, no solo los mestizos, no solo los "modermos", en donde participen tambien los pueblos indios, y todos aquellos que son los otros y las otras, los que no tienen voz.
La reconstrucción de la nueva escuela no se detiene en la enseñanza y el uso de las nuevas Tecnologias de la Informacion y la Comunicación que plantean las politicas internacionales, aunque estas no dejan de ser necesarias; se trata tambien de la incorporacion de todas las culturas que componen nuestro país, para decidir qué y como enseñar, si los programas deben ser de caracter nacional, regionalizados o especificos a cada centro escolar. Se trata de vivir la democracia y la autonomia desde la sociedad para encaminarla hacia a la escuela y que esta como en efecto boomerang nos la regrese a la sociedad.

[i] Revista la Guillotina No. 54. Pág. 49.
[ii] Olivè, Leòn, “Multiculturalismo y pluralismo” en Antología sobre cultura popular e indígena I, Lectura del seminario Diálogos en la Acción, CONACULTA, México, 2004. Pág. 21.
[iii] Bonfil Batalla, Guillermo, México Profundo, una civilización negada, Ed. Grijalbo-CONACULTA, México, 1989.
[iv] Florescano, Enrique, “Prologo” en Etnia, Estado y Nación. Ensayo sobre las identidades colectivas en México, Ed. Nuevo Siglo-Aguilar, 1997. Pág. 17

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